José Balcells

Profesor Titular, Escultor y Diseñador

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Escritos

Albatros

Un Monumento al fin del mundo

Antecedentes Históricos

La Cofradía Internacional de Capitanes del Cabo de Hornos, hoy extinta, puesto que agrupaba solamente a los capitanes y oficiales de los grandes veleros de cuatro mástiles que pasaban del Atlántico al Pacifico por el Mar de Drake, se asoció con la Armada de Chile como un modo de dejar una institución heredera que de testimonio del enorme coraje que requería atravesar ese tormentoso mar y rendir homenaje a los innumerables naufragios que allí, frente al Cabo, se produjeron.

En el año 1994 la Cofradía con los auspicios de la Armada de Chile llama a concurso para la creación de un monumento que tenga la misión de representar en forma universal y permanente los valores de esta hermandad que se acababa, puesto que son muy pocos y de muy avanzada edad, los miembros que sobreviven.

En ese momento, en mi calidad de escultor y de profesor de la Escuela de Arquitectura y Diseño, me encontraba de lleno indagando en la épica del Pacífico nuevas coordenadas para comprender la destinación de nuestro Continente; de manera que esta convocatoria me sorprendió resonando en el mismo estro poético.

Las condiciones del monumento no podían ser más apasionantes.

El Cabo, de connotaciones míticas para el hombre común y corriente, tenía una precisión singular para el navegante: para un capitán, ver el Cabo significaba que estaba peligrosamente cerca y próximo a una catástrofe, por lo que ese peñón era más que nada un fantasma de nombre ominoso en el derrotero del navegante. El día que inauguramos el monumento, me sorprendió saber que muchos de los caphorniers veían el Peñón por primera vez en sus vidas.

El clima imponía un pensamiento estructural del monumento, capaz de resistir tormentas con vientos de 200 km. por hora.

Lo aislado y sin recurso alguno del emplazamiento impone un diseño modular, prefabricado, de fácil montaje y de un peso de cada una de sus diez partes perfectamente controlado para ser desembarcado de la nave a la isla Hornos por los pequeños helicópteros de la Armada. Todo el material de la base, áridos, hierros, cemento y otros debe ser movido por brazos. La significación del monumento me hacía soñar en una primera escultura chilena que pudiera trascender las fronteras de nuestro lejano país. Hoy en día se ha convertido en parada obligada, cuando el tiempo lo permite, de los cruceros de turismo austral.

Tal fue el estado espiritual con que enfrenté este concurso y probablemente lo que me permitió ganarlo.

Naturalmente antes de ver la convocatoria al concurso en el diario, yo no sabía absolutamente nada de esta Cofradía a pesar de mi cercanía con la épica del Pacifico, por lo que me sentí profundamente interesado en indagar quienes eran esta sociedad internacional con sede en Saint Malò, Francia.

Casi al principio de mi indagatoria me encontré con la sorpresa de que el símbolo de los “caphorniers” es el albatros y con ello, mi imaginación saltó en alas de esta ave a los versos de “La Balada del Viejo Marinero” al poema de Baudelaire, al Moby Dick de Melville y porque no, a las fantasías de Pigafetta. No tardé mucho en descubrir que el símbolo de los “Caphorniers” hacía referencia a una diversión muy cruel, hoy innombrable con que los marinos de estos barcos se entretenían en las, a veces, tediosas esperas para poder cruzar el tormentoso mar de Drake.

Al día de hoy la sede en Saint Malò es un museo, la cofradía le cedió los derechos de funcionamiento de su institución a la Armada de Chile por tener una relación física con la isla y ahora el ser miembro de esta hermandad es a criterio del nuevo administrador.

Originalmente, para ser un caphorniers había que ser un capitán u oficial al mando de un velero de línea comercial que cruzara obligatoriamente el Cabo de Hornos. Se excluían los veleros ya fueran buques escuelas, deportivos y de turismo puesto que no tenían la necesidad imperiosa de cruzar el Cabo; es decir, enfrentados ante un temporal desatado, cualquiera de estas naves en función de una estrategia superior o de una política de seguridad, pueden y deben abortar el viaje, cosa que los clippers de línea no podían hacer. Desde ahí, la mística de este grupo que los llevó a fundar esta hermandad internacional de tanto éxito y de tan larga duración.

La Idea de Monumento

Desde el primer momento en que comencé a dibujar esta obra, intuí dos cosas fundamentales. La primera, aunque no conociendo el lugar del emplazamiento, era que debería tener las dimensiones más colosales posible dentro de las restricciones de peso. La segunda que la obra debería plantear desde su interior una disputa entre su ser escultura y su ser monumento.
Con esto en mente, comencé a desarrollar la forma a partir de la figura del albatros diomedae exulans, el mas grande de su especie, llegando a medir hasta cuatro metros de envergadura. La pregunta era como desplegar la figura de este pájaro de la manera más eficiente posible y el dibujo me recomendaba insistentemente la posición vertical de la figura, como si en su vuelo estuviera haciendo un giro extremado.

Pero para mi esto era un problema de eficacia formal que se iría solucionando con el desarrollo de la obra. La disputa verdaderamente artística era como asumir en mi calidad de escultor abstracto o mejor dicho no figurativo, precisamente la figura del gran pájaro. Es en este tipo de disyuntivas, cuando aparentemente no hay salida, que surge la chispa que ilumina la idea original.

Asi entonces, mientras dibujaba y dibujaba albatros en el cielo de repente pensé que lo que tenía que hacer era no dibujar el pájaro mismo sino dibujar el hueco que sostiene la figura del albatros.

En este pequeño giro yace el germen de todo el monumento. Lo demás vendría por el natural desarrollo de la forma y de la maestría que yo fuera capaz de desplegar.

Una vez decidido este punto, me avoqué a la tarea de concebir dos estructuras de cierto espesor y de gran altura, de al menos siete metros, que convergen para que entre ellas aparezca inequívocamente la silueta del diomedae exulans, en el hueco que dejan, recortado contra el cielo.

En este punto, empecé a dibujar las ideas formales de monumento con las condiciones ya dichas pero además como visto de muy lejos, de manera que de repente aparece esta forma cuadrada, apoyada en un vértice y partida en la diagonal (vertical con respecto del suelo) por la figura del albatros.

Lo que me gustó de esta idea es que recoge una coordenada fundamental del monumento, que es la del reconocimiento. Al comienzo mencioné la disputa entre monumento y escultura que esta obra debía plantear. Un monumento, literalmente quiere decir memorial. Es una obra que celebra un hecho, un personaje, una victoria, una derrota o una tragedia. Algo que los hombres consideran que no debe olvidarse. Por esta razón un monumento es inequívoco; debe ubicar al observador no solamente con respecto de su contenido sino también con respecto de su forma. Dicho de otro modo, un monumento tiene un frente donde ocurren las ceremonias y celebraciones; es decir tiene un eje que lo vincula con el lugar y con la gente.

Pero por otro lado la escultura en cuanto tal no tiene un solo frente; ella es todo frente. No tiene vinculaciones con el lugar; ella posee en si todas las orientaciones posibles por lo que le es indiferente donde la ubiquen. Asi cuando empecé a soñar con este monumento emplazado en la Isla Hornos, imaginaba la figura ya descrita a la cual se accedía visualmente desde muy lejos, dibujando con gran nitidez el tema propuesto, casi como un insignia y a medida que uno se va aproximando el albatros va ganando en complejidad y espesor de tal manera que cuando uno, finalmente llega a la plazoleta que soporta el monumento, el albatros ha desaparecido y se asoma con toda desnudez la proposición escultórica.


La Concreción de la Obra

Finalmente, habiendo llegado a su proposición final, en una maqueta de aluminio, la obra se construyó en los astilleros de la Armada de Chile en el puerto de Talcahuano, en forma modular y desarmable. La obra está formada por dos cuerpos complejos de acero de siete metros de altura y una plazoleta constituida por una losa de hormigón flotante, de 9 metros por lado, que tiene dos pequeños prismas de hormigón integrado a su estructura que son los que sostienen los cuerpos de acero; a su vez, en esta losa flotante, sobre su superficie tiene una estructura de mampostería que organiza la losa como una plazoleta ceremonial.

Los dos cuerpos metálicos, están formados cada uno por cinco láminas de acero de ocho milímetros de espesor y cuatro nervaduras, para separar las láminas, en forma de tubo cuadrado, también de acero, de seis milímetros de espesor los que al estar soldados unos con otros, al llegar a la base forman un pilar inclinado en cuarenta y cinco grados, de cerca de un metro de ancho por veinte centímetros de espesor, los que se anclan a la losa a través de los prismas.

Cada una de las láminas de acero está organizada de manera que concurra a formar un quinto del perfil del albatros. Asi solamente la suma de las cinco láminas, agrupadas en profundidad, conforma la mitad del perfil del ave. Lo mismo con la otra estructura que además de completar el cuadrado, entrega la figura total del albatros. Cabe señalar que no se trata de una situación simétrica puesto que la figura de este animal al estar en posición lateral su figura no es simétrica y por lo tanto, ninguna lámina es igual a otra no obstante que el monumento, si es reversible.

La otra faena digna de mencionarse por su carácter épico, fue la construcción in situ de la plazoleta que es base del monumento. La obra esta emplazada en un lugar, no solamente aislado sino que su suelo esta compuesto por un grueso colchón de turba, lo que en la práctica significa una esponja llena de agua lo que hace cualquier fundación sumamente difícil.

Debe considerarse que la construcción de la plazoleta de 81 metros cuadrados, compuesta principalmente por una losa de hormigón armado, flotante y cierta mampostería sobre su superficie, pudo llevarse a cabo porque todos los áridos, enfierradura, ladrillos, baldosas y cemento necesarios para su concreción fueron transportados a hombros de infantes de marina, los que tenían que trepar con esta carga una pared vertical de unos 40 metros de altura, desde el nivel del mar y luego subir a la colina donde se emplazaría el monumento unos 500 metros turba arriba.

El tiempo con que contaban para finiquitar esta obra fue de dos meses. Era el umbral de clima óptimo para llevarla a cabo, considerando que el monumento se iba a inaugurar el 5 de Diciembre de ese año. A pesar de ello, los constructores debieron soportar rigores climáticos extremos sin detener la obra.


El Día de la Inauguración

A bordo del Aquiles buque de la Armada chilena, ese 5 de Diciembre amanecimos girando por el suroeste del Cabo, en pleno Mar de Drake, sin una gota de viento, sin una sola nube en el cielo y con una temperatura de unos 20°. Como para desmentir todo el mito climático que dio pié para la celebración que llevábamos entre manos. En la nave, los dueños de casa mas sus invitados, caphorniers y sus familiares, auspiciadores y colaboradores mas el escultor observábamos con ansiedad la isla tratando de adivinar algún atisbo de ese monumento que tanto había soñado pero que nunca había visto hasta ese momento. Al momento del diseño de ella la había pintado los colores de la tormenta para que la figura del albatros lo rajara por la mitad como un relámpago.

Ese día fue la única vez que he visto el monumento emplazado y probablemente no lo vuelva a ver más, dado lo lejos y difícil de acceder a la isla. Fuimos desembarcados por helicópteros próximos al faro de la isla frente a una pasarela de madera, levemente elevada sobre la turba que conducía por unos 500 metros hasta el monumento ubicado sobre una colina de manera tal que el pico del ave apunta al Cabo que se alza majestuoso más atrás.

Ese viaje por la pasarela subiendo hacia el monumento es uno de los momentos más emotivos de mi vida. A cada paso que daba, una a una se me iban cumpliendo las expectativas del monumento que había soñado. Aún más; cada paso que me aproximaba al albatros, una a una se iban superando mis expectativas. Efectivamente el albatros perfectamente nítido desde la base de la pasarela a medida que avanzábamos por ella se iba complejizando y adquiriendo espesor. Ya al llegar al monumento mismo la figura enrarecida del albatros cede protagonismo a los cuerpos metálicos que sugieren algún tipo de fragmento de naufragio.

Hoy en día, el Cabo de Hornos ya no es más solamente un punto decisivo en los derroteros de los navegantes. El monumento ha logrado colocar con absoluta precisión el Cabo de Hornos en el mundo y el mundo ha sabido aceptarlo.

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